Doctor Monique

Crónicas de la farándula kitsch
 
Ambar... En su habitual recorrido por la ciudad, nuestra combi se detiene ante la luz roja de un semáforo ubicado en una de las sucias esquinas de la céntrica Av. Abancay. En el kiosko de al lado, un hombre de mediana edad ojea los titulares del día. Tiene sobrepeso y bigote. Estrena lentes oscuros de imitación. Su camisa blanca, recién planchada, no solo revela un abultado vientre, sino también algunos pequeños remiendos por entre las costuras. Viste un pantalón beige que probablemente cerró con no poco esfuerzo. Muerde un mondadientes, el mismo que sostiene obsesivamente con unos rechonchos deditos enfundados en toscos anillos de metal. Se divierte "cireando" a las empleadas domésticas que han salido a hacer sus compras de última hora. Ninguna le hace caso. Antes que la luz del semáforo cambie a verde, el tipo sube a la combi abriéndose paso a empellones. Algunas señoras le recriminan su prepotencia. Apesta a colonia barata. Se ubica en el último asiento del vehículo, a la vez que lanza un vulgar suspiro. Sonríe, o al menos eso parece. Saca un diario chicha del bolsillo trasero y lo abre en la página central. Los estrafalarios artículos impresos en fondos multicolores iluminan su rostro. No lee los textos, en lugar de eso se deleita viendo inmensos culos de vedettes. Tal vez leerá después, si es que hay ganas. Este blog está pensado precisamente para gente como él... (aunque nunca se sabe, puede que te guste a ti también).
 
 

Crónica de una Conversación Telefónica

... un cuento del Doctor Monique


Prólogo

Aún me encontraba durmiendo aquella mañana de domingo cuando sonó el teléfono. No contesté en seguida, de eso estoy seguro. ¿Acaso habría estado soñando con Gina? La verdad que no lo recuerdo. La noche previa me la había pasado en una chingana del Centro de Lima, contemplando su imagen entre mis manos. Una imagen ya desgastada y maltratada a causa del paso del tiempo, pero que aún conservaba vívidamente las facciones de un rostro delicado y las finas formas de una joven mujer. Gina. Pensé llamarla en aquel mismo momento de vorágine alcohólica, ¿pero cómo?...
Noté que no había más cerveza en el instante en que volvía a guardar la imagen de Gina dentro de la billetera. "¿Dónde mierda se habrá metido el chino que atiende en este antro?", pensé. Probablemente estaría detrás de esa sucia cortina de flores que hace las veces de puerta de cocina, pajeándose mientras mata el tiempo y se largan los parroquianos. Una canción de cantina, apenas audible, sonaba a través del pequeño radio AM que se encontraba sobre el miserable mostrador. El aparato traqueteaba incesantemente, al tiempo que se escuchaba la voz de un pobre tipo sin suerte: "Y beber, y beber, y beber hasta morir...". Lo sé, notable frase. ¿Cómo no se me ocurrió en ese entonces? Hubiese sido una digna manera de escapar a la triste realidad de aquel oscuro y siniestro año de nuestro Señor. 2002. Tal vez un buen año para algunos, pero no para mí. "¡Chino!... tráeme dos chelas más". "Clalo señol, ahí te-te las tlaigo...". En lugares como esos no existen nombres ni apellidos. No hay identidad en el submundo, mucho menos en una repulsiva chingana de mala muerte. ¿Sería que ya habíamos descendido al lamentable nivel de bestias salvajes? Puedo hablar por mí, pero no por el resto. Recuerdo que alcancé a oír la conversación de un par de borrachos sentados en la mesa de al lado. Afirmaban que el chino que atendía en esa pocilga había permanecido una considerable temporada en el psiquiátrico, justo inmediatamente después de haberse bajado del barco carguero que lo había traído al Callao desde Corea del Norte. El motivo de su delicado estado de salud mental: darse de golpe con la cruda situación del Perú. Las malas lenguas decían que se habría perdido horas después de desembarcar en el puerto, yendo a parar por esas cosas del destino a Los Barracones de El Callao, donde terminó violado y vilmente ultrajado por los negros y pasteleros siempre ávidos de carne fresca. "Malditos carroñeros", decían. Pobre chino. Es cierto que se trataba de un despojo de hombre, pero para mí no era más que un tipo desmuelado, flaco hasta los huesos, algo asustadizo y lleno de tics nerviosos. Presumiblemente su cerebro aún funcionaba a un nivel elemental. Nunca lo sabremos. La gente habla de más en algunas ocasiones.
Extraños recuerdos de aquella noche en ese antro de perdición, cobijo de pordioseros y gente de mal vivir. ¿Cómo fue que salí vivo de allí? La noche avanzaba y con ella aparecían los primeros visos de exceso, perversión y descontrol. Recuerdos inconclusos, flashbacks. Paranoia. Habían malas vibraciones en ese lugar. No era momento para meterse en problemas. Creo haber salido asqueado del minúsculo bañito de la chingana, que era tan solo una suerte de agujero pestilente en medio del suelo. Y en medio de esos recuerdos, la imagen que sacaba de mi billetera. Recuerdos erráticos que salen de la bruma del tiempo. Retazos de una noche perdida que la memoria me ha robado.

Odié que a la mañana siguiente me despertara el insistente y desagradable timbrado del teléfono. Al parecer no había nadie más en casa. Para bien o para mal, sería yo quien contestara esa llamada.


Crónica de una Conversación Telefónica

... una introspectiva al complejo mundo de la mente humana

- ¿Aló? - dije levantando el fono con cierto fastidio.
- Aló... - fue la única respuesta que recibí. Detesto que siempre me hagan lo mismo.
- Aló, ¿si? - volví a preguntar.
- Fernando...

Primera impresión: una voz gruesa al otro lado del teléfono. Presumiblemente un sujeto corpulento, no de porte atlético sino más bien del tipo grasudo y fofo, aunque corpulento al fin y al cabo. De seguro alguien que no suele aguantar pulgas, de actitud matonesca. ¿Acaso un futuro Padrino? Quién sabe. Posiblemente presenciaría el nacimiento de algún capo más de la mafia de las drogas y de la trata de blancas. O cuanto menos el matón de algún émulo peruano de Al Pacino, alguien que le haga los trabajos sucios y le lave la ropa.

- Me parece que Fernando no se encuentra. Debe haber salido hace un rato, si es que acaso vino a dormir.
- Aló, Fernando.
- No, no soy Fernando. Fernando no se encuentra. ¿Quién lo llama a estas horas?
- Ah, bueno... dígale que llamó Pipo. ¿Con quién tengo el gusto?
- Con Carlos. Soy hermano de Fernando.
- Carlitos, mucho gusto. Te habla Pipo Herodes.
- Hola Pipo, ¿qué tal? Mucho gusto.
- Carlitos, hazme un favor. Dile a tu hermano que lo ando buscando, que me llame urgente al celular.
- Ok, Pipo. No te preocupes que yo le doy tu encargo.
- Aló, Carlitos...
- Sí Pipo, dime...

Tomó un respiro, y con voz quebrada me soltó un par de frases que nunca olvidaré.

- La crisis por la que estoy pasando me tiene huevón.
- ¿Qué sucede, Pipo? ¿Por qué dices eso?
- Mi Rosa María, la futura madre de mis hijos, creo que es una perra.

Y aquí vamos. Fue a partir de este punto donde empezó con la historia. Quisiera decir que fue una conversación de a dos, pero no. Lo suyo fue un monólogo. Un monólogo telefónico de 2 horas de duración contándome los pormenores de su patética vida, obra y gracia junto a la que, según él, sería "la futura madre de sus hijos", Rosa María, madre ya de 3 hijas y arribista de poca monta. No hace falta decir que el asunto me perturbó. Nunca había escuchado nada igual. Y lo peor de todo es que esa historia parecía tan real. Nadie tiene derecho a inventar cosas así, a menos que sea un enfermo.Cronica de una Conversacion Telefonica
Fue en los minutos finales cuando adoptó una postura más radical, revanchista. "Pero Carlitos, yo tengo la solución a todo eso. No puedo dejar que me pase lo mismo dos veces. Primero fue la perra de Rocío... y ahora esto. Juré que sería la última vez. Soy capaz de matarla, y no te miento. Tengo un revolver, un Smith & Wesson calibre .32 que me regaló uno de mis pescados. Bang, bang, shoot, shoot. No me importa que deje huérfanas a sus hijas". Genial, ni vuelta que darle. El huevón ya me había involucrado en el problema. Si el asunto llegaba a mayores, indudablemente me citarían a declarar a la Dinincri luego de que rastrearan todas sus llamadas realizadas. "Soy capaz de matar a esa perra", repetía el muy cabrón, una y otra vez. Sí, mátala, mejor para mí. Porque indudablemente, una vez que yo fuera citado a la Dinincri, no vacilaría en apuntarte con mi dedo acusador, revelando todas tus intenciones, tu crimen premeditado y hundiéndote hasta el puto cuello. Barro con ventilador, le dicen.

- Bueno, Carlitos. Ha sido un gusto. Toma toda tu leche.
- En realidad, no me gusta mucho la leche...

Volví a caer en la cama. Su llamada me había alterado. ¿El tal Pipo Herodes estaría drogado? ¿Es que acaso este sujeto me hablaba en serio? ¿O tan solo se trataba de un loco incoherente que Fernando conoció en la calle? Las 3 cosas, quizás. Todo agolpado en una misma mente deformada y un mismo cuerpo deforme. Aunque prefiero decir que me aferré más a la primera de mis tres interrogantes. Sucede que he tenido este tipo de experiencias antes. He frecuentado amigos adictos a las drogas, incluso hasta el día de hoy sigo manteniendo amistad con alguno de ellos; y creo que haría mal si confesara aquí que alguna vez en mi vida, hace muchos años ya, experimenté con algo de eso. Tratar con drogadictos me hizo aprender a la fuerza una de las leyes universales de la vida: "Puedes darle la espalda a una persona, pero jamás puedes darle la espalda a un adicto... sobre todo si éste empieza a balbucear algo acerca de matar a alguien". Para quien tiene la mala suerte de presenciar algo así, lo siguiente se trata simplemente de un instinto de supervivencia, nada más. Correr hacia la cocina y blandear un arma blanca, cuanto menos. En más de una ocasión he escuchado decir que no existe nada más depravado y degenerado en esta vida que un ser humano sumergido en las insondables profundidades del alcohol y las drogas. Creía que eso era una exageración, hasta que lo comprobé por mí mismo. Por esa razón, y dada la experiencia que había tenido, me veía en la obligación de hablar con Fernando para explicarle que el tal Pipo Herodes podría resultar bastante más peligroso de lo que aparentaba. "Resultaría útil que tus amigos y tú le contraten un agente de narcóticos para que lo revisen minuciosamente, que le suelten a los perros. Pero eso sí, no lleven perros pequeños, ese chancho se los podría comer". Lamentablemente, es como arar en el desierto cuando uno trata de expresar un muy personal punto de vista ante Fernando. Yo sabía muy bien lo que me respondería. Fue por eso que no me sorprendió cuando lo escuché dándome sus usuales argumentos de peso: "¿Pero de qué hablas?... si Pipo es un huevón". Sí, muy típico de él, pero al menos ya estaba advertido. A partir de ese momento me lavaba las manos como Poncio Pilatos y el problema dejaba de ser mío. Finalmente podría dormir tranquilo, con la conciencia limpia y en paz. Y sobre todo soñar con Gina. Perdernos juntos en la oscuridad de un sueño profundo.
La gran mayoría de veces la vida nos trata injustamente, pero, ¿por qué tuvo el destino que jugarme tan mala pasada? ¿Será que he perdido totalmente la razón? Gina, tengo que decirte que me jodiste la vida...
¿Cuántos días habían pasado luego de aquella primera conversación con Pipo? ¿Habían pasado semanas? ¿Acaso meses? ¿O tan solo horas..., o minutos? El caso es que estaba seguro de que volvería a saber de él. Y para mi pesar, más temprano que tarde. Panchita, la empleada doméstica, me sacó repentinamente de un sueño que pareció haber sido eterno.

- Oye, te llama Pipo Herodes - dijo, mientras me samaqueaba de la cama.
- ¿Qué m...? ¿Acaso... no pudiste decirle que estaba durmiendo?
- Eso le dije, pero insistió en que era algo importante.

Maldecí mi suerte, me jodió el sueño... ¿Qué derecho tenía ese anormal de Pipo de despertarme cada vez que llamaba? ¿Qué se había creído? Y todo solo para contarme sus intimidades y sus secretos más recónditos, cosas que ni me importaban. Lo extraño del caso es que ni siquiera lo conocía.

- Aló, Pipo - dije, aún medio dormido.
- Aló Carlitos, ¿cómo estás? - dijo con cierta desesperación.
- Bien, Pipo. Aquí, tranquilo nomás. ¿Y tú?
- P'tamadre, Carlitos. No sabes lo que ha pasado. Anoche se armó "la gran cagada".
- No jodas...

Lo sabía. "El imbécil la mató, eso es fijo. Ahora sí ya te fregaste", pensé. "¿Y qué sigue ahora? ¿Cuándo tengo que ir a declarar? Iré, pero no hoy, que me caigo de sueño. Mañana, con todo gusto". Sabiendo cómo funcionan las cosas en este país, me vería en la obligación de apersonarme voluntariamente, sin citación alguna de por medio, a rendir mi declaración. Sucede que la mentalidad peruana es muy primitiva y arcaica, es muy frecuente que un grave crimen pase desapercibido aquí.

- Estaba con tu hermano y con el resto de La Fuerza Delta chupando en un hueco de Lince cuando llamé a Rosa María. Se puso a dar de gritos, la muy perra. Que ya no me aguantaba, que ya no me quería ver, que la dejara en paz, que desapareciera de su vida para siempre, que esto y que esto otro. Pam, pum, crach. Bulla de platos que tiraba al piso. "¡Ya no vengas más! ¡No te quiero, entiende!". No soporté que terminara conmigo por teléfono. Es una perra....
- Que tal basura resultó tu flaca...
- Sí, así que le dije al escuadrón Delta en pleno: "vámonos a la casa de la perra", osea de Rosa María, ellos me entienden. "Vamos a buscarla que ahora sí ya se jodió".
- ¿Y ellos se prestaron para la huevada así nomás?
- Claro, si son mis cachorros, son mi hechura. Yo los saco a pasear, los mantengo. ¡Siempre les doy de comer!. "Comer y beber...". En mi profesión siempre es importante aparentar, ¿lo sabías? Hablando de eso, me ha caído una platita de por allí... Carlitos, ¿cuándo nos tomamos unas chelas?
- Oye, buena idea. Llámame cuando quedes con la pandilla, que yo voy de todas maneras. En cuanto a lo de Rosa María...
- Sí, pero quedemos en lo de las chelas primero...
- Me parece que el próximo fin de semana estaría bien... en cualquier caso dile a Fernando que me avise.
- ¿Fernando? ¡ja!, ¿estás creyendo que él te va a avisar? Ese cabrón solo jala agua para su molino, es un malagradecido... ¡Y eso que Fernando es mi hijo! Le pongo la comida, le pongo las chelas. Comer y beber, comer y beber. ¿Sabías que soy yo el que le sopla en todos los exámenes?, yo le enseñé a suturar, yo le enseñé a leer los electros. Yo lo parí, ¡yo! ¡yo! (golpes de pecho), es mi hechura, ¿no te lo he dicho? Hazle un ADN, sácale sangre si quieres...
- Pipo, lo que a mí me interesa saber es qué diablos le hiciste a Rosa María.
- Sí, a eso iba. Llegamos en el batimóvil y de frente fui a tocarle la puerta. "Pum, pum, pum. Ábreme, infeliz. Soy tu cachero". Y a que no te imaginas quién me abre la puerta... ¡la vieja!
- Chucha, qué mala suerte...
- "¿Y tú qué mierda vienes a hacer aquí?", me dijo. Pandillerita la vieja, se me cuadró con una escoba en la mano.
- "Vengo a llevarme mis cosas, todo lo que le compré a Rosa María, los muebles, los electrodomésticos, ¡todo! Y también a que me devuelvan lo que he venido gastando en el colegio de las 3 chicas. En este papel figura el monto, aquí están los recibos. Desde hoy se acabó la mamadera".
- Bien hecho, carajo. Ya era hora.
- Allí nomás salió Rosa María, más loca que nunca. La paré en seco. "Me llevo todo, te jodiste. He venido con mis testaferros para hacer la mudanza. ¡Muchachos, carguen con mis cosas que me voy de este bulín!". Fue allí cuando el escuadrón de La Fuerza Delta se metió dentro de la casa y empezó a sacar a la calle cada uno de los artefactos y electrodomésticos. "Una cosa más, habla con el vago maricón de tu ex-marido para que me devuelva todo el dinero que invertí en la educación de sus hijas".
- Espera, por lo que me decías yo creí que Rosa María era viuda.
- No, aunque viene a ser casi lo mismo. El exmarido es un pobre diablo. Lo llamé hace un rato para reclamarle el dinero que gasté en la pensión escolar de las hijas. Se hizo el desentendido, no pensé que fuera tan miserable. Me dijo que no era su problema, que no me devolvería nada. ¡Pero si son sus hijas!... Al final terminó colgándome el teléfono. Pero ya se cagó, le enviaré a los chacales para que lo destripen.
- Que lo maten. Ese tipo ha abusado de su suerte.
- Y no sabes, hay otra a quien también debería matar. Al rato salió la chata Sofía... que enana para más puñalera. Creo que para ese momento ya estaban afuera casi la mitad de las cosas. Los vecinos habían salido de sus casas a ganarse con el pase por culpa de la vieja que es una callejonera escandalosa. Supongo que no soportó ver cómo se quedaba sin cocina y sin refrigeradora. Sucede que una de las vecinas de Rosa María es amiga nuestra de la universidad, Sofía, una enana horripilante y repulsiva, bien chancada la pobre. En un primer momento me alegró ver a la chata porque pensé que se nos uniría a la mudanza, pero la malnacida salió de su madriguera únicamente para ponerse en defensa de Rosa María y secundar a la vieja en un coro de gritos e insultos. Me dolió que esa Judas enana y rastrera me traicionara de semejante manera. Nadie le tiene compasión al diablo.
- Oye Pipo, pero una cosa es tener que aguantar a Rosa María, además que me parece comprensible que su amiga haya intentado sacar la cara por ella. Pero otra cosa muy distinta es tener que aguantar a la vieja... ella no tenía vela en el entierro.
- Cierto, por eso no permití que la momia me insultara. Así que la madrugué y la mandé a la mierda allí mismo: "Ya caaalla vieja conchatumadre, me llegas al pincho... hace tiempo que quería decírtelo, alcahueta malnacida. El día que te mueras te van a enterrar en 2 ataúdes, uno para ti y otro para tu lengua", jajajaja, así le dije. La pendeja siempre me trataba con la punta del zapato cada vez que iba a almorzar a su casa, toda malagracia con su cara de cachaco, parecía un perro bulldog. Desde que empecé con los regalitos se me tiró al piso. Poco más y me chupa la pinga. "Fuera, bulldog de mierda". El escuadrón estaba que se cagaba de la risa.
- ¿Y cómo reaccionó la tía?
- La hubieras visto, era todo un espectáculo. Se llevó la mano al pecho e hizo un ademán como si se fuera a desmayar: "Aaayy maricones, ¿cómo es posible que ustedes sean estudiantes de medicina? Son todos unos patanes, unos miserables". Justo en ese momento Christian salía de la casa cargando el microondas cuando la vieja se olvidó de tanto teatro para meterle un escobazo en la cabeza.
- ¿Qué? Pero si allí estaban Fernando y el resto de la Fuerza Delta, yo que ellos agarraba a patadas a la tía.
- ¿No te digo?, si son unos rosquetes, se morían de miedo. Dennis, Christian, Franz, Fernando. Todas ellas son mis mujeres, ¿lo sabías? Yo las mantengo y así me pagan.
- Y a todo esto, ¿qué era lo que decía tu flaca?
- Qué le decía yo a ella, dirás... Le hice recordar en plena calle todas las veces en que le metí la pinga hasta el fondo, jajajaja (risa de patán)... le enyuqué 30 centímetros de amor.
- ¿Le dijiste eso delante de la vieja y de la amiga?
- Normal, a ese par de cojudas me las paso por los huevos. Pero aguanta que eso no fue nada. ¿Tú sabes lo que me respondió la muy pendeja?: "¿De cuál pinga me hablas? ¡Si a ti ni se te para!".
- Jajajaja, esa afrenta se borra con sangre...
- "¿Cómo que no se me para? Si hasta te la metí por atrás" jajajajaja. Cojuda, decirme eso a mí. Si yo le hacía tocar un solo de quena todos los días. Cuando dije eso, la enana de mierda se me fue encima y me tiró una cachetada. A esa enana Judas me la pasaría por armas si no fuera tan fea. Hay que quererse uno mismo también. Y bueno, el caso es que por fin le saqué a la calle todas las cosas que le compré, jajaja... y ahora que se vaya a la conchasumadre y que a la vieja la chanque un carro. No me importa. Por si las dudas me levanté la camisa haciéndoles ver la Smith & Wesson .32 que llevaba caleta en el pantalón. Si todo se me salía de las manos te juro que me las palomeaba. Le hubieras visto la cara a la vieja, se quedó tiesa.
- ¿Y qué vas a hacer con todo ese paquete que sacaron fuera?
- Ese es el problema, Carlitos... Dejamos las cosas en la casa de un amigo. La verdad que ahora no sé cómo hacer para vender, eeh... la refrigeradora, la cocina, la lavadora, la secadora, el microondas, la lustradora, la tostadora, la waflera, la campana extractora, la...

Y allí iba él, dándome una extensa relación de artículos electrodomésticos, nombrándolos uno por uno y sin detenerse siquiera a tomar aire. No lo sé, pero tuve la ligera impresión de que estaba leyendo esa lista de artefactos de alguna parte. Probablemente ya los tendría todos anotados y solo se limitaba a dictármelos. Jamás había hablado con un tipo tan extraño, al menos no por teléfono. Mientras me daba la relación de todos esos artefactos me puse a sacar mentalmente la cuenta de cuánto había gastado en aquellas compras. ¿De dónde habría sacado ese dinero este sujeto? Creo que esa vendría a ser la pregunta del millón de dólares en esta estúpida historia. Analicé su situación con lo poco que sabía de él. Estudiante de medicina que dedica todo su tiempo a estudiar la carrera... ¿o no era así? ¿El dinero lo obtendría de papá y mamá? Algo improbable puesto que su voz madura revelaba a un hombre ya entrado en años. Y si así fuera, es un hecho que ningún viejo en su sano juicio le entregaría a su hijo manganzón e irresponsable 4000 dólares para que los reviente en regalos y electrodomésticos destinados a una furcia convenida. En todo caso, no había duda de que a este tipo el dinero le quemaba las manos y lo reventaba sin chistar en un dos por tres. Después de todo no sería tan malo hacerle la patería. Total, algo bueno se podría obtener al final. En esas divagaciones estaba cuando Pipo mencionó, entre todos sus artefactos, algo que yo andaba necesitando urgentemente.

- ... el televisor, el equipo de sonido, el DVD, el celular, la cámara de fotos, el...
- Pipo... aguarda un momento. ¿También le regalaste un celular?
- Sí, le compré un celular. Había que tenerla bien chequeada a la huevona. Dos son mis ojos, aunque debería tener uno más en la frente.
- Claro, claro... ¿y exactamente qué celular es? Osea, qué marca, modelo...
- Es un celular de esos nuevos que han salido... creo que es azul, uno chiquito. Me costó 150 dólares.
- ¿Pero no sabes qué marca es?
- Sí, creo que es Nokia... es igual al que tiene tu hermano.
- Ah, sí... ya sé de cuál me hablas. No está tan mal.
- Se lo compré hace apenas 3 semanas, y solo la he llamado yo. No usa el celular con nadie más.
- Ya veo... puede ser. Mira Pipo, estoy interesado en tu celular. Si te animas a vendérmelo te lo compraría ya mismo.
- Por supuesto, Carlitos. Tú dirás.
- Yo creo que 70 dólares es un precio justo para un celular que ya tiene uso, siempre y cuando me lo des completo, es decir, con recargador, manos libres, caja, manuales, recibos, garantía de tienda y todas esas huevadas.
- ¡Listo! Entonces el celular ya es tuyo.
- Excelente... no se hable más. ¿Cómo haríamos? ¿Nos reunimos en algún lugar o te mando la plata con Fernando?
- Yo te llamo mañana y quedamos. Primero tengo que solucionar un pequeño problema.

Gina, tan cerca, y tan lejos a la vez. Necesitaba el celular en ese mismo momento, era una cuestión de vida o muerte. ¿Cómo pude haber esperado tanto para conseguir uno? Casi sin darnos cuenta las semanas se convirtieron en meses, y los meses en años. Aún recuerdo aquella primera mirada como si fuese ayer. La mirada cómplice que siempre vería en ti.
Pipo llamaría un par de días después...

- Aló, Carlitos.
- Hola Pipo, ¿cómo andas?
- Aquí, hecho mierda. No he podido dormir en toda la noche. Estoy metiéndole presión a Rosa María, ¿lo sabías?
- No... Fernando no me ha comentado nada.
- Sucede que he venido llamando varias veces a la central de Radio Patrulla haciéndome pasar por el coronel Paz Valencia. Les he estado ordenando a esos mequetrefes que envíen patrulleros a la calle de la perra cada 10 minutos, que pongan la sirena al máximo cada vez que pasen por allí.
- Increíble, no puede ser que los polis sean tan ingenuos...
- Allí está el detalle. Anoche llamé borracho a la central, y en vez de decirles que era el coronel Paz Valencia les dije que era el coronel Garavito. El encargado del radio es medio tarado, pero tampoco tanto: "¿Cómo?, ¿acaso usted no era el coronel Paz Valencia?", me dijo. Los pendejos se la olieron, al toque rastrearon mi llamada y a los pocos segundos ya me estaban timbrando el teléfono. Me dicen que me van a mandar una citación, que ya tienen mi nombre y mi dirección. Me cago de miedo.
- Qué mal, Pipo. Ojalá no te hayas metido en un lío. Ahora van a querer sacarte plata para la gasolina y para la pintura, así son esos miserables. Por cierto, ¿qué noticias tienes de mi celular? Aquí te están esperando tus 70 coquitos.
- Mira Carlitos, hay algo que no te había dicho. El cargador del celular lo tiene Rosa María. Tengo que ir a pedírselo primero.
- P'tamadre, ¿y qué hay del manos libres?, ¿y del manual?, ¿y qué pasa con la garantía?
- Todo eso lo tiene ella. No quiero ir a pedírselo todavía, no vaya a ser que cuando la vea me arrepienta de lo que he hecho y regrese a sus brazos nuevamente. Carlitos, tengo miedo de verla.
- Pero por lo que me has dicho a esa huevona no le interesas en lo más mínimo.
- Pero es que estamos hablando de mi Rosa María...
- Pipo, creo que deberías dar vuelta a la página ya mismo. Mas bien envía a alguien para que recoja mi recargador, la garantía, los manuales, el manos libres y todas esas cosas que faltan. Si quieres voy yo mismo a pedírselo. Y de paso la mando a la mierda de parte tuya. Asunto arreglado.
- No lo sé... me jode haberle hecho una cosa así a mi amor Rosa María, mi futura esposa y la futura madre de mis futuros hijos.

Maldita sea. Ahora sí la cosa se complicaba. Era imperativo conseguir ese celular a como diera lugar. Mi paciencia tenía un límite, y no dejaría que este chancho de mierda me jodiera la vida con sus estupideces. Lo que siguió a continuación fue un airado discurso mío sobre las razones por las cuales no convenía tener de pareja a una mujer de la calaña de Rosa María. Improvisé todo lo que pude, y para rematarla, mencioné el tema de las 3 hijas, argumento contundente para cualquier cristiano con cuatro dedos de frente. Y es que con algo así no se jode. Eso ya había dejado de ser una relación común y corriente, y a partir de ahora se convertiría en una prueba de resistencia. Prácticamente le hice ver que responsabilizarse de semejante paquete haría de su vida una completa mierda. Solo faltó que se lo dijera con esas mismas palabras. No iba a dejarme vencer tan fácilmente por una hamburguesa humana.

- Pipo... vas a venderme el celular, ¿cierto?
- Carlitos, tienes toda la razón del mundo. Que se joda esa perra. El celular ya es tuyo.
- No basta que me digas eso... ¡júramelo! (¡júramelo conchatumadre!)
- Carlitos, no sabía que fueras tan insistente ¿Por qué no me lactas?
- ¡Júramelo!
- Te lo juro por Dios y por la plata.


Epílogo

Algunos días después, Rosa María, en una decisión oportuna y sospechosa, sopesaría su delicada situación optando por volver a los brazos de un hombre al que presuntamente, y según mis pesquisas, jamás quiso de corazón. Tan solo era amor al chicha-ron. Eventualmente, el equipo de La Fuerza Delta, bajo el comando de su estrafalario líder Pipo Herodes, regresaría la totalidad de los muebles a la casa de Rosa María, incluyendo mi celular, y de paso, todas mis esperanzas de contactar finalmente a Gina a través de una línea clandestina.

Sobre Pipo, me complace decir que no estuve tan lejos en mis sospechas. En efecto, hablar de él es referirse a un tipejo mafioso y gangsteril (y ojo: a uno de los peces más gordos), cuyo lugar de acción es esa ciudad sin ley conocida también con el nombre de "Las Vegas College". En ese caso, podríamos comparar a Pipo con el personaje de Joe Pesci en "Casino", pero valga aclarar que lo suyo es más un manejo a nivel administrativo. Los tiros van relacionados al asunto del reparto ilegal de las plazas de ingresantes al residentado médico, previo cobro de varios miles de dólares al postulante, claro está. No entraré aquí en más detalles, y no tanto por cuidar su integridad física y legal, sino más bien por cuidar la mía. Digo, ¿hasta dónde hemos llegado en este país, que un mojón como ese pueda tener en sus manos la suerte y el destino de los profesionales del futuro?

Luego de un par de semanas de haberme enterado de la lamentable noticia del celular de Rosa María (y que para efectos del caso había creído mío también), acudí a Las Malvinas a comprarme un celular repotenciado por la módica suma de 100 soles, incluido recargador. Aquel celular, muy a pesar mío, me lo robarían tan solo 3 días después, coincidentemente a pocos metros de la puerta principal de Las Malvinas en el momento en que me apersonaba a presentar un reclamo por continuas fallas en el producto adquirido. Jamás sabré si Las Malvinas cuenta con un departamento de quejas y devoluciones.

Por cierto, lo único bueno y rescatable que pude sacar de todo ese desagradable asunto fue que nunca más volví a hablar con aquel loco de Pipo Herodes. Un loco en un mundo plagado de locos. Un gusano evolucionado, poseedor de evidentes (aunque desmerecidos) poderes sobrenaturales que van más allá del conocimiento de cualquier ser humano, incomprendido algunas veces y festejado algunas otras, pero en todo caso un modelo defectuoso siempre descartado de plano para ser producido en masa. Es la mano del Todopoderoso que actúa a veces de esa manera extraña.

He llegado a la conclusión de que el universo siempre se encuentra en constante cambio. Las cosas se acomodan permanentemente y casi sin darnos cuenta se vuelven a desacomodar. No hay motivo para la alegría ni para el drama. En algún momento determinado todo regresará a como era antes, y cuando ese momento llegue, las cosas no permanecerán quietas por mucho. Supongo que es la energía que fluye.

Me gusta cómo me ha quedado este último párrafo, creo que lo anotaré en mi agenda. Tal vez se lo recite a Gina cuando la llame al sexo-fono. Pero necesito un celular primero. Lo demás ya caerá por su propio peso.
Una vez más saco su imagen de la billetera y la admiro en todo su esplendor. Acaricio el áspero y burdo papel de periódico de 50 céntimos. ¿Esta costra de aquí será una mancha de semen? Posiblemente lo sea. ¿Y esta de aquí? Recuerdos inconclusos, flashbacks. Retazos de una noche perdida que la memoria me ha robado. Retazos de muchas otras noches, demasiadas, cientos tal vez, siempre a media luz y gozando de ella. Gina, mi amor. No puedo creer que hayan pasado 6 años desde que te viera por primera vez, justo aquí, en este mismo aviso de sexo-fono publicado en las páginas finales de El Bocón, diario deportivo: "Mis mejores cuentos, mis ardientes fantasías, todo es para ti, para que calientes motores. Quiero escucharte, quiero conocer tu voz, no importa la edad que tengas, tienes derecho a vivir y a ser feliz. Mis sueños y todo lo que tengo, mi voz y mi cuerpo, son solo para ti. Llámame... ahora. 808-1275-5477. Soy Gina y estaré esperando a que goces de mí. Costo de la llamada: US$5.76/minuto. Válido solo para Lima Metropolitana".
Hasta el día de hoy guardo conmigo este pequeño recorte, llevándote de la mano a todas partes; soñando diariamente contigo, perdiéndome en tus muslos duros bajo el amparo de tu mirada vil. Anhelando algún día poder conocerte. Gina, mi amor, mi futura esposa y madre de mis futuros hijos, ¿cuándo escucharé tu voz? ¿cuándo escucharás la mía? Sé que pronto. Muy pronto...



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